miércoles, 4 de junio de 2014

El José Celestino Mutis, un megacolegio que surgió de las montañas

Está ubicado en el Mochuelo Bajo, zona rural de Ciudad Bolívar, y es el más grande de toda Bogotá.

Durante su infancia Isidoro Muñoz recibió clases en una rustica construcción de techo de paja y paredes de bahareque. Por eso, cuando el Distrito inauguró el colegio distrital José Celestino Mutis el rostro de este campesino de 80 años no pudo ocultar el asombro.

Sus ojos no podían creer que el edificio de 9.500 metros cuadrados de construcción y cerca de 59 mil metros cuadrados de zonas verdes alberga al colegio que remplazó a la vieja escuela del Mochuelo Bajo, donde se educó él y los miembros, de tres generaciones, de las 720 familias de esta zona rural de Ciudad Bolívar.

Cuentan los más viejos, que la primera sede la construyeron los campesinos. Allí, las hijas de los hacendados les enseñaron a leer y a escribir. Tres décadas más tarde, la escuela se convirtió en la institución educativa Mochuelo Bajo cuando el entonces alcalde de Bogotá, Jorge Gaitán Cortés, confundió esta zona con la vereda Pasquillita -también área rural de Ciudad Bolívar- y ante el caluroso recibimiento de los jornaleros se comprometió a cambiar el bahareque por ladrillos y la paja por tejas de aluminio.

Fue allí donde estudió María Muñoz, hija de Isidoro, y también Carolina Muñoz, su nieta, quien el próximo año cursará grado once en el colegio más grande y más moderno que tiene Bogotá.

Pero lo que hace grande a este colegio es haber acercado a una comunidad rural lo más moderno de la enseñanza. Tiene convenio con la Universidad Nacional Abierta a Distancia (Unad) que permite que los alumnos se gradúen y continúen con una carrera técnica que comienzan a cursar desde décimo grado.

"Esto significa que el proyecto de vida de los estudiantes cambia, porque ven otras oportunidades aparte de trabajar en el Relleno Doña Juana o de ser un obrero de las ladrilleras", asegura convencido Fabio Rozo, profesor de ciencias naturales.

A su edad, Isidoro no se beneficiará con los laboratorios del colegio, pero se siente complacido al saber que su nieta, Carolina, ya no piensa en cosechar hortalizas, sino en estudiar administración para maximizar las ganancias de los cultivos de su vereda.

Lo que tiene el Mochuelo

El colegio José Celestino Mutis se construyó en la vereda El Clavel, a unos pocos metros de la institución educativa Mochuelo Bajo que presentaba malos olores por estar muy cerca del relleno Doña Juana.

Su estructura emerge imponente en medio de verdes montañas y nacimientos de agua. Son salones escalonados que están conectados entre sí por plazoletas y terrazas. Rodeados por 2.400 árboles frutales de diferentes especies, de allí nació su nombre.

Tiene capacidad para 2.880 estudiantes y cuenta con 26 aulas, también biblioteca, laboratorios y computadores con acceso a Internet.

En este megacolegio se invirtieron 20.340 millones de pesos, que incluyen la compra del lote, los estudios y diseños; la construcción de la obra, la interventoría y las dotaciones.

Por la compra de ese predio el secretario de Educación de la época, Abel Rodríguez, salió del cargo y se le imputaron cargos por celebración indebida de contratos, peculado y falsedad en documentos.



sábado, 19 de abril de 2014

La casona del Salto del Tequendama

El lugar está siendo objeto de un importante proceso de renovación que incluye la reforestación de un bosque nativo aledaño y la restauración, paulatina, de la casa donde funcionó el hotel El Refugio.

El Salto, ubicado en el municipio de Soacha y a tan sólo cinco kilómetros de la capital, ha sido un referente cultural que ha enamorado durante siglos a generaciones de bogotanos. Para los muiscas era sitio sagrado y escenario de innumerables leyendas.

La Fundación El Porvenir, integrada por ecologistas, veterinarios y biólogos egresados de la Universidad Nacional, lleva 16 años trabajando por la recuperación del área natural que circunda al Salto y la preservación de la bella casona que en otrora, además de ser hotel, fue el sitio de encuentro de la sociedad bogotana de mediados del siglo XX.

El primer paso para el cambio de imagen del lugar fue la entrega a El Porvenir de documentos sobre El Salto que pertenecían al archivo personal de Santiago Díaz, presidente de la Academia Colombiana de Historia. El material sirvió para la construcción de un museo temático.

A lo largo de estos años, El Porvenir ha reforestado 10 hectáreas de bosque nativo. "Logramos recuperar tres fuentes de agua que desembocan en el río Bogotá y estamos recuperando el bosque con plantas nativas como el cedro y el nogal", explicó María Victoria Blanco, directora de la fundación.

Blanco anunció que también se busca que la casa, de 1.480 metros cuadrados, cinco pisos, 15 habitaciones y con terminados elaborados por artistas italianos, sea declarada bien cultural de interés nacional con el fin de recuperarla.

Para para que el inmueble sea declarado monumento nacional se debe elaborar un proyecto de restauración que, según la fundación, supera los 20 millones de pesos, motivo por el cual no se ha hecho el trámite.

Los directores de la entidad aseguraron que los antiguos dueños del predio, Roberto Arias y Gloria Nieto, no estaban interesados en invertir más dinero en la propiedad, que restauraron en 1979. Hoy, ni el Gobierno Nacional ni el Distrito, ni el Municipio de Soacha ni la Gobernación de Cundinamarca se han apersonado de la recuperación.

"La restauración del hotel se ha convertido en material de campaña para los políticos de la región. Hasta ahora todo se ha quedado en promesas", alega José Ignacio Varela, quien cuida la casa desde hace ocho años.

La recuperación del Salto permitirá que deje esa imagen de sitio abandonado y sin porvenir para convertirse en un importante referente turístico, ecológico e histórico.

El Salto, fuente de inspiración
La casa fue construida en 1923 e inaugurada en 1927 por una firma alemana. Se cree que fue obra del arquitecto Carlos Arturo Tapias. Su primer uso fue como estación terminal del ferrocarril del sur, que tenía una parada en El Salto del Tequendama.

Debido a la masiva visita de personas, se decidió que la construcción se convirtiera en hotel y así se inauguró. Sus visitantes eran la élite capitalina y personalidades de todo el país. Desde la época colonial hasta mediados del siglo pasado, el Salto del Tequendama fue el destino turístico obligado para los bogotanos.

El hotel que allí funcionaba reunía a las parejas bogotanas que celebraban su luna de miel. Daniel Samper Pizano, Héctor Abad Faciolince y Alejandro de Humboldt, entre otros, sucumbieron a la tentación de dedicarle crónicas, relatos conmovedores y hasta versos.


Historias de fantasmas que asustan en la noche, personas que se emborrachan para luego saltar a la profundidad del abismo, han hecho de la casa también un símbolo muy bogotano del terror, al mejor estilo gótico. De paso se convirtieron en 'fuente' de inspiración para los cronistas rojos del siglo XX, como el célebre ‘Ximénez’.

La casona del Tequendama a través del tiempo on PhotoPeach

domingo, 16 de marzo de 2014

Los mejores lugares de Bogotá en imágenes

Si conoces algún lugar de Bogotá que se destaque por su encanto y belleza y consideras que pocos ciudadanos saben de su existencia ¡tómale una fotografía!

Tienes plazo hasta el 31 de marzo para enviarnos la foto de ese lugar especial, acompañada de una breve descripción y de su ubicación. El primero de abril se publicarán las diez mejores imágenes.
Envía tu foto a: hernandezacosta18@gmail.com

El almuerzo más barato de Bogotá


En Bogotá, así suene traído de los cabellos, es posible almorzar con 1.000 pesos. El menú es denominado por los comensales con el nombre de ‘combinado’ y permite escoger entre pastas con pollo y salchicha, fríjoles con garra o pollo sudado.





 
 
Fotógrafo: Filiberto Pinzón
Periódico EL TIEMPO

Bici-Harlistas 2/2



Max Media Producciones
Dirección general: Diego Mauricio Cardoso
Bogotá, 2011

Bici-Harlistas 1/2


Max Media Producciones
Dirección general: Diego Mauricio Cardoso
Bogotá, 2011

José, el caricaturista de las calles del Bronx

José Encizo retrata rostros de espanto de inquilinos de este peligroso sector del centro de Bogotá.

En la comuna de la muerte, el talento sobra. Hay músicos que le apostaron a la melodía de las balas perdidas. Arquitectos que preparan 'edificios' de bazuco y médicos que ven caer heridos a sus más fieles amigos. Y José Ricardo Encizo viene a ser el caricaturista echado en desgracia que retrata una realidad cero exagerada: la de la calle.
Es el encargado de plasmar -en papel y carboncillo- los rostros desfigurados de sus compañeros de guarida. Su labor -cuenta- la simplificó hace poco un indigente que ha pasado varias veces por su trazo: "Usted es nuestro espejo".

La frase resulta cierta cuando Gustavo Rojas posa frente al artista.

El caricaturista levanta la cabeza y luego la clava sobre una hoja de cuaderno. Repite el ejercicio tres veces hasta estar convencido de conseguir el objetivo. Rojas sonríe levemente con la obra sostenida por sus manos teñidas de mugre. "¿Así de mal estoy?", se pregunta, mientras guarda el monigote en el bolsillo trasero del pantalón.

La vida no siempre fue así de áspera para Encizo. Natural de Villa Hermosa (Tolima) y con 70 años encima, cayó en la indigencia por su vieja y traicionera adicción al trago. Como para excusarse, admite que el licor, y sobre todo el whisky, era miembro infaltable del círculo de artistas en los que se movía en los 70 y 80, cuando perteneció al Instituto Cultural de Venezuela y al de Cultura Popular de Cali.

En esa época, Encizo era un destacado artista plástico entregado al óleo y a la escultura en yeso. "Era muy bueno con la espátula. Y amante de los paisajes", aclara.

A principios de los 90, el licor empezó a pasarle cuenta de cobro. "Tomaba todos los santos días. Pasé del whisky de los cocteles al aguardiente de los bares de mala muerte", asegura.

El 'chorro' acabó con su familia. Su esposa lo abandonó. El éxito del pasado se fue extinguiendo hasta convertirlo en habitante de calle.

En 1995 ya era un trashumante urbano. Se la pasaba en el mercado de la pulgas de la calle 24 feriando sus últimas obras o por lo menos las que no había cambiado por medias de aguardiente.

Desde ese año y hasta hoy, Encizo no ha podido salir de esa borrachera eterna que lo tiene sumido en la calle. Duerme junto a centenares de almas perdidas en los rincones del Bronx, pero reconoce que cuando consigue algunos centavos paga pieza en una pensión de 4.500 pesos la noche, en el barrio San Bernardo.

Del caballete y la bata blanca pasó a la carga de cartón que vende a 50 pesos el kilo y al vestido de paño ruinoso que viste a diario.

Por las sencillas caricaturas que hace recibe algunas pocas monedas y 'bichas' de bazuco que luego cambia por comida.

Para él, el único Dios que existe es el de la plata, una divinidad que pocas veces se manifiesta en sus raídos bolsillos.

Fabián Forero Barón
Periódico EL TIEMPO 10 de agosto de 2012